Todo lo que soy y hago es para la gloria de Dios.
Sirviendo con amor, caminando en fe con Dios cada dìa e inspirando a otros a creer, seguirlo y buscar una relación profunda y personal con El.
Aùn es oscuro. Marìa llora frente a la tumba vacìa. Su corazòn està roto; su Maestro ha muerto. Pero alguien se le acerca. Ella cree que es el jardinero… hasta que escucha su nombre: «!Marìa!»
Esa palabra lo cambia todo.
El Dios que me encuentra no necesita grandes sermones, solo pronunciar mi nombre con amor.
De la tumba nace la esperanza.
De las làgrimas, un mensaje.
De una mujer quebrada, la primera mensajera de la resurrecciòn.
Pedro ha vuelto a pescar. Su fracaso lo ha hecho retroceder. La noche fue larga y no pescaron nada. Pero al amanecer, una voz desde la orilla grita: «Echad la red a la derecha.»
La red se llena. El corazòn de Pedro tambièn.
Juan reconoce la voz: «!Es el Señor!»
Pedro corre, se lanza al mar, y llega empapado…pero restaurado.
Junto al fuego, Jesùs le pregunta a Pedro tres veces:»?Me amas?»
Cada respuesta sana una negación.
El Dios que me encuentra no solo busca a los perdidos, tambièn restaura a los caìdos.
El sol està en lo alto. Nadie sale a esa hora a buscar agua… nadie, excepto una mujer cansada de los murmullos y las miradas.Pero ese dìa, Jesùs también llega al pozo.
Èl debìa pasar por Samaria… debìa encontrarla.
«Dame de beber.»
En esa petición sencilla, el Dios eterno se revela al corazón quebrado.
Ella buscaba agua para el cuerpo; Èl le ofrece agua viva para el alma.
Entre verdades, heridas y revelaciòn , la mujer se transforma.
Corre al pueblo y grita: «!Vengan, vean al hombre que me dijo todo lo que he hecho!»
El Dios que me encuentra no teme cruzar fronteras, religiones ni pasados oscuros.
Èl llega justo al lugar donde pensabas esconderte.
Moisès cuida ovejas que no son suyas. Se siente exiliado, olvidado, sin destino. El prìncipe del palacio ahora es un pastor anònimo. Pero Dios nunca olvida las historias que Èl mismo escribiò.
En medio del desierto, una zarza comienza a arder. No se consume. Moisès se acerca, curioso…y escucha su nombre. «!Moisès, Moisès!»
El fuego no era destrucciòn, era encuentro.
Dios no lo buscò en su esplendor, sino en su silencio. No lo hallò en el trono de Egipto, sino entre ovejas y polvo.
Porque el Dios que me encuentra no llega cuando todo brilla, sino cuando todo parece apagado.
Y allì, en la arena del anonimato, Moisès descubre su llamado.
Donde creìa que todo habìa terminado, Dios apenas estaba comenzando.
El olor a muerte llena el aire. Marta y Marìa lloran la pèrdida de su hermano. Parecìa que Jesùs llegò tarde, pero no hay tardanza en el reloj del cielo.
Jesùs llora con ellas. Se conmueve. Luego ordena: «! Làzaro, ven fuera!»
El Dios que me ve no solo resucita a los muertos, sino también la esperanza de los vivos.
Cuando todo parece perdido, El recuerda tu nombre y llama a tu milagro.
Gedeòn trilla trigo para esconderlo, temiendo al enemigo. Se siente dèbil, indigno, inseguro. Pero el àngel del Señor se le aparece y le dice: «!Varòn esforzado y valiente !»
Gedeòn mira alrededor , pensando que se equivocaron de persona. Pero Dios ve algo que èl mismo no puede ver.
No ve al cobarde, ve al conquistador.
El Dios que me ve no llama a los calificados; califica a los que llama.
y en medio del miedo, Su Presencia convierte lo pequeño en poderoso.
La viuda recoge unos leños para cocinar su ùltima comida. Su hijo la mira con hambre. No hay esperanza. Pero Dios envìa a Elìas, no a una casa rica , sino a una mujer pobre y olvidada.
«Hazme primero a mì una torta», dice el profeta.
Ella obedece aunque no entiende .
El Dios que me ve honra la fe que se atreve a obedecer cuando no tiene nada. El aceite no se acaba, la harina no disminuye, y la casa se llena de provisiòn .
Dios vio su entrega, su sacrificio, su amor de madre. Y la historia de su mesa vacìa se convirtiò en un testimonio eterno.
David està en el campo, cuidando ovejas. Mientras sus hermanos desfilan frente a Samuel, el ni siquiera fue llamado. A los ojos de los hombres, no vale la pena traerlo. Pero a los ojos De Dios, èl es el elegido.
Samuel pregunta: «?No queda otro?» y entonces, traen a David. Olor a pasto, manos àsperas, mirada pura.
Dios habla: «Levàntalo. Ese es.»
El aceite cae sobre su cabeza, y su corazòn se llena de la presencia del Espiritu. Nadie lo viò venir. Pero Dios si lo habìa visto cuando cantaba solo en el campo, cuando luchaba con el leòn, cuando soñaba con fe.
El Dios que me ve mira màs allà de la apariencia; ve el corazòn que adora cuando nadie aplaude.
Nohemì ha perdido todo: esposo, hijos, esperanza. Su nombre significa «agradable», pero ahora se llama a sì misma «Mara», amarga. Siente que Dios la ha abandonado. Sin embargo, ambas caminan de regreso a Belèn, sin nada, solo con fe. En el campo de Booz, la mano invisible De Dios mueve cada detalle. El hambre se convierte en cosecha y el duelo en gozo.
Dios no solo las ve; las restaura. Lo que parecìa el final se transforma en comienzo. A través de Rut, Dios teje la lìnea que llevarà al Mesìas.
El Dios que me ve toma el polvo del dolor y construye desde allì la historia màs gloriosa.
Ana ora en el templo. Su corazòn està quebrado. Ha escuchado las burlas, ha sentido la vergüenza, y aùn asì sigue orando. No tiene voz, solo làgrimas. Pero Dios entiende el lenguaje de sus sollozos.
Cuando la creen ebria o desesperada , Dios la ve con fe. Su sùplica no se pierde en el aire; sube como incienso al trono de la gracia. En el tiempo De Dios, su vientre se abre y su promesa nace: Samuel.
Dios no solo le da un hijo. Le devuelve dignidad, esperanza y propòsito. Ana descubre que Dios no solo escucha oraciónes; El mira corazones. Y cada làgrima derramada en fe se convierte en semilla de bendición.
EL DIOS QUE ME VE EN EL DESIERTO (AGAR)GENESIS 16:1:14
El sol quema con fuerza sobre el desierto. Agar cansada y embarazada, camina sin rumbo.
Siente el peso del rechazo y el silencio. Fue usada, humillada y expulsada. Nadie la defiende.
Nadie pregunta por ella. Nadie parece recordar su nombre.
Pero de pronto, una voz rompe el silencio. Una voz que no viene del dolor ni de la arena. Es la Voz De Dios.
«Agar, sierva de Sarai, ?de dònde vienes y a dònde vas?»
Por primera vez, alguien la llama por su nombre. Dios la ve. No la mira con desprecio ni con làstima; la ve con ternura, con propòsito. En medio del desierto màs cruel, Agar descubre que el Dios de Abraham también es su Dios.
Ese dìa ella no recibe una solución inmediata, sino una revelación eterna: «Tù eres el Dios que me ve.»
y desde entonces, todo cambia. Porque cuando sabes que Dios te ve, ya no importa quièn te olvidò.